jueves, 29 de enero de 2009

Miedo, miedo, miedo.


¿Aún tienes miedo?


Miedo, miedo, miedo. Corres con prisa hacia tu habitación, saltas sobre la cama y rompes en llanto. Te cubres con lo primero que encuentras y esperas a que todo pase. Cuentas las horas y sientes que todo se desploma sobre ti sin remedio.

Miedo, miedo, miedo. Levantas la mirada a ver si ya pasó el frío temporal y tratas de reponerte. Tras unos pequeños segundos, no puedes hallar el motivo del susto, el llanto y el miedo que han estrado tras tus pasos todo este tiempo. No logras ver más que tus mejillas rojas y tus manos pálidas las cuales van perdiendo su forma un poco más.

Y un poco más te has dejado caer, te has dejado soltar. A cada instante vas perdiendo la noción de los latidos que marcaban el ritmo de tus días. ¿Y el miedo? ¡Allí! Se expande como una gran sombra e impregna de un sucio hedor las ventanas aledañas. Te has convertido en las partículas de un todo exorbitante y absorbente que te dice lo que tienes que hacer.

Te ha dicho que existen fantasmas debajo de la cama. Te ha dicho que la oscuridad te matará. Te ha dicho que la calle es un largo infierno sin salidas. Te ha dicho que dios existe. Te ha dicho que todo está bien y que no hay de que preocuparse. Te ha dicho que no eres capaz de volar por encima de los tejados y que eres muy pequeño para ver más de lo debieras.

También te ha puesto barreras que no te permiten salir. Te ha cortado las piernas para que no puedas llegar hasta el otro lado de la casa. Te ha colocado mil vendas en la boca para que nadie sepa de ti. Te ha cubierto los ojos, con sus largos dedos. Ha dicho que el atreverse a vivir no es para ti y que mejor te preocupes en callar. ¡Siéntate allí, en aquella esquina! ¡Con la mirada gacha y los labios apretados! Y tú lo haces.

Muchas veces te has sentido sucio, confundido, estúpido, enfermo, contrariado, negado, golpeado y trastornado. Te has sentido como un pedazo de carne bajo un inmenso cuchillo. Hasta has logrado sentir el mismo dolor que se siente cuando se abre los ojos por vez primera o cuando alguien te los cierra con violencia.

Miedo, miedo, miedo al vacío, al mañana, a la noche y sus misterios. Miedo a las arañas que descienden tras los recovecos de tus propios sueños. Miedo a soltarte y saltar un poco más. Miedo a llorar frente al espejo. Miedo al rocío que intenta lavar tu rostro. Miedo a los espasmos inmanentes que aparecen y se van. Miedo al dolor y al amor que habitan en ti. Miedo a la voz altisonante que degrada tus sentimientos y te constriñe con gestos horribles.

¿No te das cuenta que todo es mentira? Nadie se da cuento. Lo sé. Pero intenta abrir la ventana. No permitas que te obliguen a ver la rutina de los minutos a través de un solo lado. El miedo siempre estará allí donde deba estar. Se trata de una lucha intensa contra el fuego que se destila en tu interior. No lo apagues, pero aprende a no quemarte. Miedo, miedo, miedo…¿aún tienes miedo?

viernes, 23 de enero de 2009

Una noche más


Vuelta al dolor


Ayer soñé que me elevaba por encima de las dudas y las esquinas rotas. Podía ver desde lo alto, los tantos caminos que había dejado atrás. Los miles de pasos empolvados eran ya cosa del pasado. Los llantos desmedidos y los golpes insensatos no volverían jamás. Estaba tan alto que nada podía alcanzarme. Acepto que por momentos tenía miedo de volar tan alto, pero sentía que estabas junto a mí. Que tus manos eran las mías y tus ojos me conducían a nuevos aires.

He soñado esto, después de las largas batallas tormentosas que me arrastraron por las espinas dolientes a las que tanto temo. Luego de vencer –o al menos creer hacerlo- a los fantasmas del pasado escondidos en mil recuerdos, en mil espacios, en mil veces llorar y gritar con dolor, con dolores espasmódicos y siniestros.

Tras las incesantes tirrias emanadas de las profundas heridas que han acompañado mis gestos, creía haber sobrevivido al fuego vertido entre mis venas. Pude sentir la calma quieta en mis latidos y la respiración solía estar segura. Todo estaba sosegado y hasta podía ver entre la llanura, en el espesor de los albores de la vida, nuevas formas de creer y amar.

Ahora, me he despertado, casi de golpe. No era cierto. Aquello de volar fue una estúpida ilusión trepidante. Salté de la cama y corrí hacia el espejo más cercano. Mis mejillas siguen golpeadas y mis manos cortadas. Sigo temblando y las lágrimas inundan este lugar. Los demonios siguen burlándose de mí. Siguen creyendo que me tienen y que pueden desdibujar mis esperanzas. Me has dejado otra vez. Me has soltado y he caído aun más fuerte que antes. La profundidad de este pozo no tiene fin.

Las llagas siguen abiertas. Crei curarme y correr junto a ti, pero me has dejado. ¡Me has dejado! ¡Me has dejado! La sangre caliente atrofia mi razón y me empuja a herirte, pues tú lo has hecho. No fue real. He vuelto a maldecir las horas pasadas y ha mentirme para no morir, aún.

martes, 20 de enero de 2009

No temas, no iré muy lejos


Espérame una vez más


Cierra tus ojitos. Cierra los parpados. Descansa lentamente sobre mis suspiros. No te apures en volver que pronto será diferente. No agites tus labios, no es necesario. Prometo quedarme en silencio hasta que el tiempo se vaya, hasta que las ventanas dejen de abrirse. Entonces podré contarte a solas el misterio de la melodía que compuse para tí. La misma que compuse hace ya varias semanas. Espera un poco más. Te ves tan linda.


Siente entre tus latidos el sonido de los recuerdos que han quedado atrapados en tus mejillas y luego cuéntame como te fue aquella noche que huiste de casa para mojarte bajo la lluvia y esperar por mi. Pero recuerda que no debes apurarte. Quédate un instante más, deja que dibuje tus formas y que atrape en versos, tus gestos y los vaivenes de tus manos.


Bajaré la voz un poco más, me quedaré en silencio eterno si es preciso, pero no salgas por el umbral. Deja que las sombras se deshagan en la estridencia de la rutina. No te molestes en ir a ver que sucede en las calles aledañas. Todo está como siempre, yo me cercioré la última vez y nada ha cambiado desde entonces. Tan solo déjate caer, no permitas que la calma se desvanezca. Tómame de la mano. Solo haz eso.


¡Que las tormentas cedan a la tarde naranja que se pone tras la colina! Solo así iremos hasta la puerta para ver pasar juntos los instantes vividos y los segundos que vendrán. Sé que no has olvidado los dibujos que hice para ti y que los escondí justamente en aquella colina a la que solías correr cuando niña. Pero esta vez solo yo iré hasta aquel lugar mientras tú mantienes los labios inmóviles hasta mi regreso. No temas, no iré muy lejos. Volveré pronto.


Y traeré conmigo las hojas de otoño para tus cabellos y traeré conmigo las montañas de ilusiones que alguna vez construiste para mí. También traeré las luciérnagas que me marcarán el camino de vuelta. Cuando parta, cerraré la puerta y también tu vestido ligero. Cuando vuelva, abriré las entradas y tu vestido. ¿Sonríes cuando digo eso? Pues ya verás que será así.

Pero esta vez quédate. No te muevas, no muevas los lazos que dejé en tus hombros. No te apures en soñar, tan solo deja latir cada parte de tus entrañas. Suelta los recuerdos anidados entre mil rincones y busca aquellas luces que alguna vez hicieron el camino hasta aquí.


Pero al instante –luego de volver la mirada- aparecen frente a mí, luces de colores, malditas imágenes entre mil recuerdos, entre mil caminos siguen detrás de mis jadeos. Apuran el paso y me hacen tropezar. Me cogen, me elevan, me mantienen en espacios siderales extraños. Mil volteretas trastornan la dirección de mis fluidos sanguíneos, mientras las dudas entre lo fantástico y las barreras de no pasar se rompen a mis pies y se tornan en coágulos de gotas viscosas.


Solo busco tus manos y tus mejillas para salir de esta vorágine y romper el cerco que nos ata a este lugar. Pero ya no estás. Dejaste los instantes por vivir y no me esperaste. Ni los lazos ni tu vestido están aquí. Me has dejado. ¿Había acaso algún motivo? El frío me sacudirá, no podré hacerlo sin ti. ¿Me oyes? Sé que me oyes…


(Miles de risas inundan el lugar y al final solo un estrepitoso sonido pone final a lo extraño de este relato).

domingo, 11 de enero de 2009

Párpados cansados




Juegos de insomnio




Medianoche. En medio del silencio absorbente y los párpados cansados. Medianoche de grillos y sonido de carros a lo lejos. Sentado sobre mis ideas, una vez más llenando los vacíos que dejan huella en mis manos. Haciendo lo de siempre. Monotonía y repeticiones incesantes de letras. Siempre me quejo de lo mismo y lo mismo suelo hacer. Estas paredes literarias no me dejan salir. No me permiten apoyarme sobre la rigurosidad de la visión objetiva de una nota informativa.



Estribillos punzantes merodean mis sentidos. Empiezo a percibir sombras extrañas a mi lado, que me tocan y juegan con sus cuerpos. Escucho el susurro de sus latidos y creo perder la razón. El sueño que ha atrapado mi rostro se desdibuja con el pasar de los minutos. Creo que al menos esta es una crónica confusa de lo que sucede en este preciso momento.



Los vidrios que dan a la calle parecen derretirse y colmarse de neblina espesa. Y ya no puedo ver lo que sucede afuera. El tipo del cigarrillo ya se marchó y ha dejado paso al coro de murmullos que recorre la vieja esquina. Las tiendas han cerrado y ya no hay tiempo para más. Por alguna extraña razón sigo aquí derramando lo que no puedo llevarme a la cama. Haciéndote cómplice de mis juegos de insomnio. Jugando a mil laberintos sin faunos.



Sentado, aburrido. Sentado, aburrido. Sentado, aburrido y hastiado hasta los rincones de mis mejillas. Barullos extraños embriagan las sombras mientras pierdo la ilación del inicio de esta historia. ¿Alguien sabe a qué hora amanece por aquí? Desearía tener una larga escalera de soga que me permita escapar hacia el vacío. Hacia la siguiente avenida donde pululan sórdidas mujeres desvestidas entre mil espejos.



Medianoche. Un poco más de medianoche, en realidad y, parece suceder conmigo. Salvo el estío interior, nada perturba la intranquilidad de los minutos siguientes. Si pudieras estar aquí conmigo, sería diferente. Si pudieras estar aquí conmigo, sería diferente. Si pudieras estar aquí conmigo, seria diferente. Si pudieras estar aquí conmigo en vez de estar leyendo lo absurdo de mis sueños, todo sería distinto.



Definitivamente sé que nadie vendrá a verme. Nadie se acuerda de mi más que en las frases rimbombantes que destilan mi garganta. Entonces una vez más debo volver a la cama, allí donde nada pasa, allí donde acaba el mundo, allí donde todo se agita y nadie está a salvo. Allí debo ir.

Lo aquí vertido puede reflejar lo trágico de un instante de la noche donde se pierde las ganas de cerrar la conciencia. Solo quise perder el tiempo (y el tuyo) en tontas líneas acerca de algún segundo no vivido y de algún sueño perdido en algún lugar de mi habitación. Nada más. Nada más que decir. Mañana me inventaré otros mundos que surcaré. ¿Aún me acompañarás?



martes, 30 de diciembre de 2008

¿Y si fuera necesario que te olvide?


...Te recuerdo


Te recuerdo ahora como ayer. Te recuerdo sutil, frágil y siniestra. Te recuerdo pesimista y vehemente. Te recuerdo con tu cabello largo con ciertas ondas. Te recuerdo con sonrisas pegadas en la pared y tiernos gemidos en los bordes de una cama vieja desordenada.
Te recuerdo de día y de noche. Te recuerdo con tus frases analíticas que punzaban mis sentidos y laceraban mis ojos. Te recuerdo tierna, fugaz, con la mirada perdida y veloz.


Te recuerdo por tu voz que cantaba al anochecer. Te recuerdo con tus pasos sobrios y tus gestos pusilánimes. Te recuerdo con tus libros de Reich y Freud. Te recuerdo entre sábanas y ropa desperdigada por el suelo. Te recuerdo con los desayunos de huevo y tomate. Te recuerdo parpadeante y jadeante. Te recuerdo con tus tonos de voz y tu silencio ensordecedor. Te recuerdo con tus caricias y tus golpes insensibles que destrozaron hasta el último recoveco en mi interior.


Te recuerdo porque me abrazaste y no dijiste más nada. Te recuerdo por las calles que nunca recorrimos juntos. Te recuerdo al mediodía cuando el sol apuntaba hacia mi corazón. Te recuerdo por la ventana hacia la nada. Te recuerdo en los sonidos de cualquier canción. Te recuerdo en los murales de mil colores que se reflejaban en las paredes de la ciudad perdida a la que pude llegar. Te recuerdo en los maullidos y los ladridos. Te recuerdo entre mil hojas y discursos insensatos.

Te recuerdo entre sombras y llanuras de los historias que me suelo contar. Te recuerdo entre el óleo de gamas rojas y negras. Te recuerdo entre gritos impávidos y clamores justos. Te recuerdo entre besos sedientos, aunque escasos. Te recuerdo entre los días de diciembre y las noches de abril. Te recuerdo cada marzo. Te recuerdo entre las lágrimas que brotaron y penetraron en lo más sensible que pueda tener. Te recuerdo entre el olvido de lo negativo. Te recuerdo entre los movimientos sofocantes. Te recuerdo en cada nota de guitarra. Te recuerdo en la ruta al sur. Te recuerdo al borde del mar, en la orilla de los sueños. Te recuerdo en la esquina de una plaza cualquiera. Te recuerdo entre amores clandestinos y esperanzas insurgentes.


Te recuerdo con la fuerza del viento que se vuelve tormenta con las dudas y los miedos. Te recuerdo entre las cosas que nos han sucedido cuando niños. Te recuerdo en cada etapa de nuestras vidas. Te recuerdo cuando nos dejaron solos. Te recuerdo cuando nadie nos supo proteger y cuando nadie vino a buscarnos cuando más lo necesitamos. Te recuerdo cuando callas por vergüenza. Te recuerdo sin la vergüenza del prejuicio. Te recuerdo en todos los idiomas y de todas las formas, hasta en las más conservadoras.


Te recuerdo camino a las nubes. Te recuerdo cuando me acostaba arriba y tú abajo. Te recuerdo cuando te miraba desde abajo y tú te movías desde arriba. Te recuerdo desnuda y libre. Te recuerdo llena de nada y desbordante de dudas. Te recuerdo optimista con el ahora sin saber que hay mañana. Te recuerdo por tus particularidades. Te recuerdo por tus encantos y la forma de tus manos. Te recuerdo por tu nombre, por los tantos nombres que solías usar.


Te recuerdo cuando dormías sola o acompañada. Te recuerdo soñadora y sin razones. Te recuerdo cuando atabas mis manos y apurabas mis gestos. Te recuerdo a solas y entre la oscuridad de mil habitaciones. Te recuerdo presente y viva en los latidos de quienes aman y creen en un mejor porvenir. Te recuerdo melancólica y bucólica.


Te recuerdo entre escaleras de casas ocupadas y tertulias a media voz. Te recuerdo entre los barrotes de la rutina y entre los deseos de acabar con todo lo que aún no se ha empezado. Te recuerdo entre los secretos descubiertos. Te recuerdo entre los espasmos que sentía al verte partir. Te recuerdo, a pesar mío, aquella noche impertérrita que se frustró con el agónico llanto que rompió el silencio de tus sabanas. Te recuerdo y me recuerdo frente al espejo con los ojos heridos y el orgullo quebrantado.


Te recuerdo por las tantas cosas que nos prometimos. Te recuerdo entre fiestas paganas y vinos baratos. Te recuerdo con el humo absorbente. Te recuerdo serena y seductora. Te recuerdo por lo que nunca pude contarte. Te recuerdo por lo que nunca hicimos. Te recuerdo por tus misterios que me fueron enamorando. Te recuerdo porque eres más de lo que alguna vez imaginé. Te recuerdo por enseñarme otros rumbos. Te recuerdo porque te encontré. Te recuerdo porque supe que eres real y existes. Te recuerdo contra todo el dolor y la melancolía. Te recuerdo, cercana, casi mía.


Te recuerdo entre mis suspiros y entre mis ganas de estar contigo una vez más. Te recuerdo cuando volteo la mirada. Te recuerdo en cada segundo que pasa. Te recuerdo en el viaje de vuelta a casa. Te recuerdo en cada mirada tierna. Te recuerdo con tu agresividad también. Te recuerdo por lo importante que siempre serás. Te recuerdo por los sobresaltos que me causaste. Te recuerdo porque no sé que más decirte. Te recuerdo porque ahora mismo al escribir este puñado de insensateces, alguna gota de desliza por mis mejillas.


Te recuerdo bonita, muy bonita. Te recuerdo dulcemente fugaz. Te recuerdo porque no puedo evitarlo. Te recuerdo entre mil cosas. Te recuerdo a pesar de todo. Te recuerdo con tus burlas, ironías y tus desplantes. Te recuerdo con tus caricias. Te recuerdo a media luz. Te recuerdo entre mis palabras de media noche. Te recuerdo libertaria y libertina. Te recuerdo salvaje. Te recuerdo niña y mujer. Te recuerdo como compañera de mil batallas y mil secretos. Te recuerdo entre las cosas que nunca dejaré. Te recuerdo cuando me vaya y cuando vuelva por ti.


Te recuerdo por la madrugada al verte exhausta. Te recuerdo al tocarte y sentirte. Te recuerdo con tus respiraciones, con tus latidos. Te recuerdo como a la rosa en medio del jardín al que nunca podré llegar. Te recuerdo con metáforas y sonetos. Te recuerdo con tus apuros y tus meditaciones. Te recuerdo por el recuerdo que hoy anida en mis recuerdos. Te recuerdo porque no quiero olvidarte y porque no cabe en mí el perderte alguna vez. Te recuerdo y te extraño, mucho.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Dialéctica de un viaje a lo desconocido

...Este era un pajarillo extraño y taciturno, de plumaje descolorido, sin atractivo alguno. Al menos así se veía reflejado cada vez que se miraba en los charcos empozados al pie de algún roble que le podía servir de casa por las noches.

Ciertamente, podríamos decir que, lo rutinario de sus días y el gris del cielo hacían mella en sus ánimos y apagaban sus ganas de volar junto al resto de la bandada, de volar por encima de las copas robustas y llegar hasta las nubes encantadas cerca, muy cerca de las estrellas. Pero bueno, así eran sus días.

Entre lluvias y relámpagos, entre frías mañanas y atardeceres melancólicos, entre las hojas de abril y el susurro de agosto, transcurrían sus pasos débiles, con sus patitas frágiles y temerosas. Casi no se asomaba para ver el día. Permanecía quieto, erguido, meditabundo y con la mirada a punto de caer al suelo. No había mayor preocupación para esta ave que salir a buscar el alimento cada vez que se acordaba, sin siquiera preocuparse por los predadores, que sinceramente le importaban muy poco.

Al caer la noche, la situación no cambiaba mucho, salvo el coro de grillos y los silbidos de vecinos nocturnos, la oscuridad no le perturbaba. Días hechos años y días interminables, eran el marco del andar de este pequeño ser que levantaba los ojos en busca de algo que no sabía que era. Dentro de las plumas que lo protegían no había más que heridas gélidas y cicatrices sin sanar. Hasta que un buen día, algo cambió en la vida de nuestro pajarillo taciturno.

Los primeros rayos del sol se asomaban y la mañana anunciaba sus primeros brillos. Todo el bosque se levantaba en un sonoro bostezo general. Los árboles sacudían sus ramas, las ardillas salían de sus covachas y los trinos adornaban el alba. Sin duda se trataba de un día más para el pajarillo sin color, si no fuera porque aquella mañana, de un día cualquiera en un año cualquiera, un canto distinto se oyó entre el follaje del verdor extenso. Un canto dulce, suave, melodioso, pero extraño.

Nuestro pequeño amigo quedó encandilado con aquella melodía. Pero ¿quién cantaría de tal forma?, ¿de donde provenía esa melodía?, ¿era algún animalito del bosque o es que el cielo abrió sus puertas y de allí provino tal sonido? El pajarillo apuró los pasos y se asomó por entre las hojas húmedas, sacudió las plumas y divisó en todas las direcciones. No halló nada.

A partir de aquella mañana, la vida de esta avecita opaca fue cambiando. Se levantaba muy temprano en busca de aquel canto dulce y cuando podía escucharlo, sentía que su pequeño corazón se agitaba y crecía de manera desmedida. Cada vez se dibujaba con más fuerza, una gran sonrisa en su pico y sus ojitos brillaban como las riberas de los riachuelos donde solía bañarse (¡y pensar que antes no tenía interés ni en bañarse!).

Hasta que una de aquellas mañanas decidió salir en busca de aquel canto. Se armó de valor y se dispuso a buscar aquello que motivaba sus días y sus noches. Pero, no sabía por donde partir ni a donde ir. Este pequeñín nunca había ido más allá de lo que podía ver. Jamás se había atrevido a dejar los límites del bosque verde y generoso, aún así, prosiguió con su cometido.

En el camino, se encontró con antiguos amigos a los cuales no veía hace mucho.

-¡Eh!, amigo…sí, tú el de las plumas sin colores, ¿a dónde vas?- Le preguntó una liebre por allí pasaba.
-Pues en busca de un canto que me ha encantado y seguramente al encontrarlo, mis plumitas se tornarán de muchos colores. Lo sé- Respondió firme y contento.
- ¡Vaya historia!, ¿en serio crees que si vas en busca de eso que tú dices, tendrás muchos colores en tu plumaje?
-¡Sí!
- Debes tener cuidado. Te lo dice una vieja liebre que ha viajado por muchos lugares y ha visto muchas cosas. Pequeños como tú que dejan el nido en busca de un encanto y al final nunca lo encuentran. Eso es duro- Dijo con voz sentenciosa, la liebre.
-Eeee pues este no será mi caso. Fíjate, me he pasado casi toda mi vida envuelto en mis miedos, atrapado en mis inseguridades y ahogándome entre las nostalgias del querer y no poder hacer…
-¡Vaya, vaya! –Interrumpió la liebre- Si que eres firme. Bueno pequeñín, pues adelante y vuelve pronto.

Allí quedó la breve charla y nuestro amigo prosiguió su camino. Solo pensaba en como sería aquella voz. ¿A quién pertenecería? ¿Quién podría ser capaz de arrancarle de su nido y llevarle por lugares inimaginables?

Durante el trayecto recordaba todas las veces que había escuchado tal canto. Recordaba las mañanas, las tardes y las noches en que en su mente conversaba con tal dulce voz. Recordaba las situaciones y cosas que se había imaginado y hasta podía jurar que en sueños se le aparecía quien el ser que poseía tal encanto. Una dulce pajarita exótica, de largas plumas multicolor y espléndida figura. Con una tierna mirada y con respuestas exactas. Con movimientos radiantes y delicadeza al andar. Casi, casi un ser fuera de este mundo. ¡Vaya imaginación! Pero es que así la dibujaba en su mente y así la quería ver…

En tanto, el viaje se tornó largo, casi no había cuando llegar. En el transcurso pudo conocer a otras especies que se le acercaban y le invitaban a pasar la noche en sus nidos, covachas, madrigueras, agujeros, ramas, charcos, etc.

Cada cosa que conocía nuestro joven amigo, era nuevo para y siempre quedaba maravillado. Se preguntaba como es que no había visto nada de esto antes. Sus ojos crecían mucho casi de desorbitaban cuando aparecían frente a él, animalillos raros, que trinaban, croaban, graznaban, etc.

Y así queridos lectores, los días y las noches pasaron. Vino la luna de verano y las cigarras empezaron a pulular entre las hojas secas. Las provisiones de las que disponía el pajarillo se agotaban con rapidez y si no fuera por la solidaridad de los buenos habitantes del bosque, no habría sido posible legar a su destino.

Luego de largas jornadas de viaje, caminando o volando, dormitando donde le atrape la noche, por fin pudo divisar un lugar extraño, diferente al resto del bosque. Supo entonces que había sobrepasado los límites de los frondosos árboles y que se hallaba en tierras nuevas y lejanas, al sur y muy al sur.

Algo en su corazón le decía que era aquí donde habitaba su amada sin rostro, a la que conocería en poco tiempo. Descendió a tierra firme y se echó a andar preguntando a quien veía en el camino si conocía del canto bello que traspasaba fronteras. Nadie le daba respuesta alguna.

Hasta que de tanto caminar se topó otro pajarillo con extravagantes plumas algunas rojas y otras negras, que ya conocía a nuestro amigo de otra época.

-¡Eh! ¿Me recuerdas?, no conocimos en el verano pasado cuando volé hasta las tierras que están detrás de las montañas y nos conocimos.
-Claro que si amigo. Respondió un tanto cansado nuestro pajarillo.
-¿Qué te trae por aquí?
-Pues, una dulce voz que me atrapado y que tengo que encontrarlo, porque la he visto en sueños y sé que le devolverá el color a mis plumas.
-¿Y cómo es esa voz de la que hablas?
-Dulce como la miel de primavera, suave y melodiosa. Graciosa y encantadora. Suspiró el pequeñín.
-Mmmm, creo que saber a quien te refieres, pero es mejor que la olvides, no la busques más.
-¿Qué? ¿Por qué dices tal cosa?- Preguntó extrañado.
-Pues porque muchos han venido antes a buscarla, algunos la han encontrado y no les ha ido nada bien. Ella es como un canto de sirena, te atrapa y te envuelve y luego no puedes salir. Y tú amigo, eres muy pequeñín, con seguridad, sufrirás mucho.
-No sé porqué dices eso, pero no te creo, de todos modos quiero conocerla.
- Bueno, si así lo quieres, yo te puedo llevar hasta ella. La conozco. Pero que conste que te advertí…

Recorrieron algunas horas el nuevo paraje hasta llegar al nido donde pasarían la noche. Y fue allí donde se dio lo que tanto esperaba el personaje de nuestra historia. Aquel día, antes que oscurezca, llegó hasta ese pequeño nido, la voz dulce y suave que tanto había escuchado. Se encontraba de espaldas cuando llegó y al volver la mirada pudo verla. No podía creerlo, era tal como se la había imaginado. Si existía. No estaba loco. Era frágil, pequeña, graciosa, linda y encantadora…

No supo que hace el pobre pajarillo, solo atinó a abrazarla torpemente, sin preguntar nada antes. Claro que la dueña de la voz dulce, que también era una pajarita, respondió al abrazo inesperado con una sonrisa y la mirada esquiva.

-¡Que bueno que estés aquí!, te esperaba- Le dijo con voz baja.

El pajarillo descolorido no supo que decir y solo sintió que una sombra roja cubría sus mejillas.

Todo resultaba extraño. Había la sensación de esto no era nada nuevo, que ya se conocían de antes. Que el viaje largo y extenuante no había valido la pena en realidad. Se sintió confundido. Pero no dijo nada. ¿Qué podría decir?

Desde aquel momento todo transcurrió muy rápido. Las palabras sobraron y las miradas también. Y en medio de aquel ambiente incoherente, la avecilla multicolor invitó a nuestro pequeñín contrariado a pasar unos días y ver el hermoso paisaje de aquel lugar…desde su nido. ¡Estaba invitándolo a pasar las noches y los días junto a ella!

¿Qué creen que dijo nuestro amigo grisáceo? Pues nada, solo movió la cabeza en señal de afirmación.

Cogió sus pequeñas cosas y se marchó con ella. "Una completa extraña a quien conocía de toda la vida", al menos eso pensaba el pajarillo. No preguntó nada y emprendió el vuelo hasta donde ella lo llevaría.

Al llegar al nuevo nido, el pajarillo seguía un tanto pasmado por todo cuanto sucedía. No se atrevía a preguntarle nada. Solo permanecía en silencio...

lunes, 24 de noviembre de 2008

Crónica de un hecho fantástico


¡Al fin de la batalla!


Aquella mañana sabia que seria el inicio de algo distinto. El sol había salido muy temprano y brillaba con mas fuerza, quizás presagiando lo que se venia. Así fue el comienzo. No tuvimos miedo, cogimos nuestras espadas y nuestras flechas. Nos miramos y nos juntamos. Primero fuimos diez, luego cien y hasta mil. Cuando levanté la mirada solo veía muchedumbres con rostros fulminantes y llenos de esperanzas.

Nos abrazamos quienes pudimos. Nos sujetamos muy bien las botas y las faldas y los cascos. Había quienes miraban al cielo y se encomendaban a los dioses de la eternidad. Así fue. Y marchamos con pies firmes al lugar de la batalla, marchamos con la premura del vencedor y con los puños cerrados.

Recorrimos tantas montañas y tantos valles y a nuestro paso solo veíamos polvos y gotas de rocío. Esta batalla era necesaria y todos los sabíamos. De esta contienda dependía del futuro del planeta. Seriamos nosotros, contra los gigantes amorfos del Valle Oscuro y tenebroso. Seriamos nosotros los centinelas que cuidaríamos la libertad y el progreso de nuestra raza. No podíamos vacilar, no podíamos retroceder.

Recuerdo el sudor frío que recorría mis entrañas. Recuerdo los susurros silenciosos de los miles de combatientes. Recuerdo sus ojos y sus dientes apretados. Recuerdo sus sonrisas y sus jadeos. Recuerdo con claridad la tenacidad de sus movimientos y las consignas que venían de adelante. Las arengas llenas de amor, llenas de pasión, llenas de vida, llena de todos nosotros. ¡Vencer o morir!

Ya casi llegábamos al lugar pactado para la lucha. Confieso que un tibio temor se apoderaba de mi respiración y casi no me dejaba pensar con rapidez, pero ya no había más vueltas que darle al asunto. Teníamos al frente al enemigo. Bien armado. Escuadrones oscuros y siniestros. Banderas inflamadas y lanzas certeras iban al frente.

Fue en ese momento cuando empezaron a sonar los tambores de guerra. Los brazos se agitaban y los corazones salían de nuestros pechos. Era el destino que nos ponía esta prueba. Nadie mas volvería a ser el mismo y quienes sobreviviríamos contaríamos a todos las proezas y hazañas de aquel día.

La suerte estaba echada y nos enfrascamos en intensos momentos de peleas. La sangre ya se dejaba ver por la llanura y las lanzas atravesaban los cuerpos valientes de quienes preferían la gloria a lo funesto de las sombras. Fueron horas eternas. Fueron instantes de dolor. Fueron palpitaciones de gritos y golpes. Fueron los momentos más largos de nuestras vidas, quien bien valía ser vividos.

Al caer la tarde, yacían los cuerpos de ambos bandos. Yacían los ríos de sangres que manchaban las flores del campo y ninguno se atrevió a pronunciar palabra alguna. Hasta que de pronto, desde el fondo de las filas, desde el fondo de la respiración gritó con locura. Dio uno y mil gritos más. Nadie lo pudo parar. Saltaba y danzaba con crudos movimientos. Sus ojos parecían salirse de su rostro y abrazaba a quien estuviera a su lado. Todos gritamos con él. Caímos al suelo de rodillas y nos bañamos con la lluvia que nos premiaba por aquella jornada. El mundo había cambiado, las sombras cedían ante la verdad y el Valle Oscuro se esfumaba frente a nuestros alientos. Habíamos ganado la batalla…