jueves, 25 de diciembre de 2008

Dialéctica de un viaje a lo desconocido

...Este era un pajarillo extraño y taciturno, de plumaje descolorido, sin atractivo alguno. Al menos así se veía reflejado cada vez que se miraba en los charcos empozados al pie de algún roble que le podía servir de casa por las noches.

Ciertamente, podríamos decir que, lo rutinario de sus días y el gris del cielo hacían mella en sus ánimos y apagaban sus ganas de volar junto al resto de la bandada, de volar por encima de las copas robustas y llegar hasta las nubes encantadas cerca, muy cerca de las estrellas. Pero bueno, así eran sus días.

Entre lluvias y relámpagos, entre frías mañanas y atardeceres melancólicos, entre las hojas de abril y el susurro de agosto, transcurrían sus pasos débiles, con sus patitas frágiles y temerosas. Casi no se asomaba para ver el día. Permanecía quieto, erguido, meditabundo y con la mirada a punto de caer al suelo. No había mayor preocupación para esta ave que salir a buscar el alimento cada vez que se acordaba, sin siquiera preocuparse por los predadores, que sinceramente le importaban muy poco.

Al caer la noche, la situación no cambiaba mucho, salvo el coro de grillos y los silbidos de vecinos nocturnos, la oscuridad no le perturbaba. Días hechos años y días interminables, eran el marco del andar de este pequeño ser que levantaba los ojos en busca de algo que no sabía que era. Dentro de las plumas que lo protegían no había más que heridas gélidas y cicatrices sin sanar. Hasta que un buen día, algo cambió en la vida de nuestro pajarillo taciturno.

Los primeros rayos del sol se asomaban y la mañana anunciaba sus primeros brillos. Todo el bosque se levantaba en un sonoro bostezo general. Los árboles sacudían sus ramas, las ardillas salían de sus covachas y los trinos adornaban el alba. Sin duda se trataba de un día más para el pajarillo sin color, si no fuera porque aquella mañana, de un día cualquiera en un año cualquiera, un canto distinto se oyó entre el follaje del verdor extenso. Un canto dulce, suave, melodioso, pero extraño.

Nuestro pequeño amigo quedó encandilado con aquella melodía. Pero ¿quién cantaría de tal forma?, ¿de donde provenía esa melodía?, ¿era algún animalito del bosque o es que el cielo abrió sus puertas y de allí provino tal sonido? El pajarillo apuró los pasos y se asomó por entre las hojas húmedas, sacudió las plumas y divisó en todas las direcciones. No halló nada.

A partir de aquella mañana, la vida de esta avecita opaca fue cambiando. Se levantaba muy temprano en busca de aquel canto dulce y cuando podía escucharlo, sentía que su pequeño corazón se agitaba y crecía de manera desmedida. Cada vez se dibujaba con más fuerza, una gran sonrisa en su pico y sus ojitos brillaban como las riberas de los riachuelos donde solía bañarse (¡y pensar que antes no tenía interés ni en bañarse!).

Hasta que una de aquellas mañanas decidió salir en busca de aquel canto. Se armó de valor y se dispuso a buscar aquello que motivaba sus días y sus noches. Pero, no sabía por donde partir ni a donde ir. Este pequeñín nunca había ido más allá de lo que podía ver. Jamás se había atrevido a dejar los límites del bosque verde y generoso, aún así, prosiguió con su cometido.

En el camino, se encontró con antiguos amigos a los cuales no veía hace mucho.

-¡Eh!, amigo…sí, tú el de las plumas sin colores, ¿a dónde vas?- Le preguntó una liebre por allí pasaba.
-Pues en busca de un canto que me ha encantado y seguramente al encontrarlo, mis plumitas se tornarán de muchos colores. Lo sé- Respondió firme y contento.
- ¡Vaya historia!, ¿en serio crees que si vas en busca de eso que tú dices, tendrás muchos colores en tu plumaje?
-¡Sí!
- Debes tener cuidado. Te lo dice una vieja liebre que ha viajado por muchos lugares y ha visto muchas cosas. Pequeños como tú que dejan el nido en busca de un encanto y al final nunca lo encuentran. Eso es duro- Dijo con voz sentenciosa, la liebre.
-Eeee pues este no será mi caso. Fíjate, me he pasado casi toda mi vida envuelto en mis miedos, atrapado en mis inseguridades y ahogándome entre las nostalgias del querer y no poder hacer…
-¡Vaya, vaya! –Interrumpió la liebre- Si que eres firme. Bueno pequeñín, pues adelante y vuelve pronto.

Allí quedó la breve charla y nuestro amigo prosiguió su camino. Solo pensaba en como sería aquella voz. ¿A quién pertenecería? ¿Quién podría ser capaz de arrancarle de su nido y llevarle por lugares inimaginables?

Durante el trayecto recordaba todas las veces que había escuchado tal canto. Recordaba las mañanas, las tardes y las noches en que en su mente conversaba con tal dulce voz. Recordaba las situaciones y cosas que se había imaginado y hasta podía jurar que en sueños se le aparecía quien el ser que poseía tal encanto. Una dulce pajarita exótica, de largas plumas multicolor y espléndida figura. Con una tierna mirada y con respuestas exactas. Con movimientos radiantes y delicadeza al andar. Casi, casi un ser fuera de este mundo. ¡Vaya imaginación! Pero es que así la dibujaba en su mente y así la quería ver…

En tanto, el viaje se tornó largo, casi no había cuando llegar. En el transcurso pudo conocer a otras especies que se le acercaban y le invitaban a pasar la noche en sus nidos, covachas, madrigueras, agujeros, ramas, charcos, etc.

Cada cosa que conocía nuestro joven amigo, era nuevo para y siempre quedaba maravillado. Se preguntaba como es que no había visto nada de esto antes. Sus ojos crecían mucho casi de desorbitaban cuando aparecían frente a él, animalillos raros, que trinaban, croaban, graznaban, etc.

Y así queridos lectores, los días y las noches pasaron. Vino la luna de verano y las cigarras empezaron a pulular entre las hojas secas. Las provisiones de las que disponía el pajarillo se agotaban con rapidez y si no fuera por la solidaridad de los buenos habitantes del bosque, no habría sido posible legar a su destino.

Luego de largas jornadas de viaje, caminando o volando, dormitando donde le atrape la noche, por fin pudo divisar un lugar extraño, diferente al resto del bosque. Supo entonces que había sobrepasado los límites de los frondosos árboles y que se hallaba en tierras nuevas y lejanas, al sur y muy al sur.

Algo en su corazón le decía que era aquí donde habitaba su amada sin rostro, a la que conocería en poco tiempo. Descendió a tierra firme y se echó a andar preguntando a quien veía en el camino si conocía del canto bello que traspasaba fronteras. Nadie le daba respuesta alguna.

Hasta que de tanto caminar se topó otro pajarillo con extravagantes plumas algunas rojas y otras negras, que ya conocía a nuestro amigo de otra época.

-¡Eh! ¿Me recuerdas?, no conocimos en el verano pasado cuando volé hasta las tierras que están detrás de las montañas y nos conocimos.
-Claro que si amigo. Respondió un tanto cansado nuestro pajarillo.
-¿Qué te trae por aquí?
-Pues, una dulce voz que me atrapado y que tengo que encontrarlo, porque la he visto en sueños y sé que le devolverá el color a mis plumas.
-¿Y cómo es esa voz de la que hablas?
-Dulce como la miel de primavera, suave y melodiosa. Graciosa y encantadora. Suspiró el pequeñín.
-Mmmm, creo que saber a quien te refieres, pero es mejor que la olvides, no la busques más.
-¿Qué? ¿Por qué dices tal cosa?- Preguntó extrañado.
-Pues porque muchos han venido antes a buscarla, algunos la han encontrado y no les ha ido nada bien. Ella es como un canto de sirena, te atrapa y te envuelve y luego no puedes salir. Y tú amigo, eres muy pequeñín, con seguridad, sufrirás mucho.
-No sé porqué dices eso, pero no te creo, de todos modos quiero conocerla.
- Bueno, si así lo quieres, yo te puedo llevar hasta ella. La conozco. Pero que conste que te advertí…

Recorrieron algunas horas el nuevo paraje hasta llegar al nido donde pasarían la noche. Y fue allí donde se dio lo que tanto esperaba el personaje de nuestra historia. Aquel día, antes que oscurezca, llegó hasta ese pequeño nido, la voz dulce y suave que tanto había escuchado. Se encontraba de espaldas cuando llegó y al volver la mirada pudo verla. No podía creerlo, era tal como se la había imaginado. Si existía. No estaba loco. Era frágil, pequeña, graciosa, linda y encantadora…

No supo que hace el pobre pajarillo, solo atinó a abrazarla torpemente, sin preguntar nada antes. Claro que la dueña de la voz dulce, que también era una pajarita, respondió al abrazo inesperado con una sonrisa y la mirada esquiva.

-¡Que bueno que estés aquí!, te esperaba- Le dijo con voz baja.

El pajarillo descolorido no supo que decir y solo sintió que una sombra roja cubría sus mejillas.

Todo resultaba extraño. Había la sensación de esto no era nada nuevo, que ya se conocían de antes. Que el viaje largo y extenuante no había valido la pena en realidad. Se sintió confundido. Pero no dijo nada. ¿Qué podría decir?

Desde aquel momento todo transcurrió muy rápido. Las palabras sobraron y las miradas también. Y en medio de aquel ambiente incoherente, la avecilla multicolor invitó a nuestro pequeñín contrariado a pasar unos días y ver el hermoso paisaje de aquel lugar…desde su nido. ¡Estaba invitándolo a pasar las noches y los días junto a ella!

¿Qué creen que dijo nuestro amigo grisáceo? Pues nada, solo movió la cabeza en señal de afirmación.

Cogió sus pequeñas cosas y se marchó con ella. "Una completa extraña a quien conocía de toda la vida", al menos eso pensaba el pajarillo. No preguntó nada y emprendió el vuelo hasta donde ella lo llevaría.

Al llegar al nuevo nido, el pajarillo seguía un tanto pasmado por todo cuanto sucedía. No se atrevía a preguntarle nada. Solo permanecía en silencio...

lunes, 24 de noviembre de 2008

Crónica de un hecho fantástico


¡Al fin de la batalla!


Aquella mañana sabia que seria el inicio de algo distinto. El sol había salido muy temprano y brillaba con mas fuerza, quizás presagiando lo que se venia. Así fue el comienzo. No tuvimos miedo, cogimos nuestras espadas y nuestras flechas. Nos miramos y nos juntamos. Primero fuimos diez, luego cien y hasta mil. Cuando levanté la mirada solo veía muchedumbres con rostros fulminantes y llenos de esperanzas.

Nos abrazamos quienes pudimos. Nos sujetamos muy bien las botas y las faldas y los cascos. Había quienes miraban al cielo y se encomendaban a los dioses de la eternidad. Así fue. Y marchamos con pies firmes al lugar de la batalla, marchamos con la premura del vencedor y con los puños cerrados.

Recorrimos tantas montañas y tantos valles y a nuestro paso solo veíamos polvos y gotas de rocío. Esta batalla era necesaria y todos los sabíamos. De esta contienda dependía del futuro del planeta. Seriamos nosotros, contra los gigantes amorfos del Valle Oscuro y tenebroso. Seriamos nosotros los centinelas que cuidaríamos la libertad y el progreso de nuestra raza. No podíamos vacilar, no podíamos retroceder.

Recuerdo el sudor frío que recorría mis entrañas. Recuerdo los susurros silenciosos de los miles de combatientes. Recuerdo sus ojos y sus dientes apretados. Recuerdo sus sonrisas y sus jadeos. Recuerdo con claridad la tenacidad de sus movimientos y las consignas que venían de adelante. Las arengas llenas de amor, llenas de pasión, llenas de vida, llena de todos nosotros. ¡Vencer o morir!

Ya casi llegábamos al lugar pactado para la lucha. Confieso que un tibio temor se apoderaba de mi respiración y casi no me dejaba pensar con rapidez, pero ya no había más vueltas que darle al asunto. Teníamos al frente al enemigo. Bien armado. Escuadrones oscuros y siniestros. Banderas inflamadas y lanzas certeras iban al frente.

Fue en ese momento cuando empezaron a sonar los tambores de guerra. Los brazos se agitaban y los corazones salían de nuestros pechos. Era el destino que nos ponía esta prueba. Nadie mas volvería a ser el mismo y quienes sobreviviríamos contaríamos a todos las proezas y hazañas de aquel día.

La suerte estaba echada y nos enfrascamos en intensos momentos de peleas. La sangre ya se dejaba ver por la llanura y las lanzas atravesaban los cuerpos valientes de quienes preferían la gloria a lo funesto de las sombras. Fueron horas eternas. Fueron instantes de dolor. Fueron palpitaciones de gritos y golpes. Fueron los momentos más largos de nuestras vidas, quien bien valía ser vividos.

Al caer la tarde, yacían los cuerpos de ambos bandos. Yacían los ríos de sangres que manchaban las flores del campo y ninguno se atrevió a pronunciar palabra alguna. Hasta que de pronto, desde el fondo de las filas, desde el fondo de la respiración gritó con locura. Dio uno y mil gritos más. Nadie lo pudo parar. Saltaba y danzaba con crudos movimientos. Sus ojos parecían salirse de su rostro y abrazaba a quien estuviera a su lado. Todos gritamos con él. Caímos al suelo de rodillas y nos bañamos con la lluvia que nos premiaba por aquella jornada. El mundo había cambiado, las sombras cedían ante la verdad y el Valle Oscuro se esfumaba frente a nuestros alientos. Habíamos ganado la batalla…

Entrañable relato con la luz apagada

¿Quiéres conocer a mi mejor amigo?

Mi mejor amigo tiene muchos brazos y muchas cosas que contar. Tiene el cabello muy largo, casi hasta donde no se pueda ver y tiene los ojos con una extraña luz que reflejan mucha seguridad al amanecer y también por las tardes, sale a pasear en ropa oscura y no le teme al que dirán. He notado que le agrada levantar la mirada cuando el viento surca de norte a sur.


Mi mejor amigo solo me conoce a mí y nadie le conoce a él. Mi mejor amigo viaja a mil por hora en cientos de naves violetas y violentas. Mi mejor amigo canta a la luna encantada y escribe mil versos que luego yo copio y los publico como si fueran míos. Por momentos creo que se dará cuenta y que irá por mí a golpearme, pero no lo hace. Siempre está allí. No se mueve y baila con mucha fuerza desde su lugar. Tararea innombrables estrofas homéricas y gusta de los helados mientras retoza en la sala de mi casa.


A veces nos unimos en orgias anormales. A veces nos echamos sobre las cenizas de la chimenea a contarnos las pulgas, a contarnos mil historias, a contar las manchas en la pared, a contarnos y a cortarnos. Mi mejor amigo prefiere no saber del mundo exterior –a pesar de sus paseos- porque dice que por las calles seguramente andan los monstruos de su infancia que se esconden y aguardan por él o por nosotros.


Una vez me compuso una canción con tonadas electrónicas y la cantó sin temor. No me gustó. Pero sigue siendo mi mejor amigo, mi absurdo amigo. Alguna vez creo que trajo a casa una caja un poco rota con tantas cosas en su interior. Había unos calcetines para papá y una ollita para mamá. Había un trompo y muchas figuritas de personajes raros. Había pedazos de papeles y mendrugos de carne para el perro y unas muñecas cortadas para mí.


Cada vez que pienso en él, se me escapa alguna sonrisa. Ahora está aquí conmigo, durmiendo, pero no sabe que yo escribo esto. Espero que nunca lo sepa. Mi mejor amigo no tiene mucha paciencia y suele derribar paredes y edificios enteros cada vez que no está contento. A veces cae en un terrible ostracismo que no ayuda a la relación, pero me esfuerzo mucho para que los días de enero sean mejores y que para el año nuevo no haya más muñecos que quemar ni muñecas cortadas que llorar.


Cuando volteo la mirada hacia su espalda observo las espinas que rodean su piel. Le quedan bien y hasta me atrevo a tocar con cuidado su dorso. Anda con greñas y destila un mal aliento. No me repugna a pesar de los líquidos que segrega por los orificios del rostro. No me desagradan sus ruidos al dormir y nunca me enojaría si olvidara mi cumpleaños.


Cada vez que puedo abrazo a mi mejor amigo y le cuento mis fantasías y le cuento mis nuevos versos y los pasos que hoy di. Siempre me escucha, siempre. Me mira y calla. Luego habla y no para hasta vociferar cientos de millones de idiomas las que entiendo sin mayor esfuerzo. Mi mejor amigo es así y yo no lo cambiaría por nadie.

Mi mejor amigo es huraño y extravagante, pero siempre guarda la compostura al verme llegar, llorando de la calle. Me ha dicho que las niñas no me quieren. Me ha dicho que los juguetes no son para mí. Me ha dicho que a nadie más le importo. Me ha dicho que eso del sexo opuesto no existe. Me ha dicho que el mañana es hoy y que es mejor quedarse debajo de la cama. Me ha dicho que cierre la ventana e inhale hasta el fondo. Me ha dicho que destruya mis miedos y mis valentías. Me ha dicho que en el mundo hace mucho frío y solo él me abrigará. Tantas cosas me ha dicho.

Sigue diciéndome que la soledad pronto será mi amiga y que la locura esquizofrénica solo es un paso al desenfreno del campo azul que espera por mí. Me ha dicho que le tome la mano y que pronto el dolor desaparecerá. Me ha dicho que deje de respirar y me ponga de colores. Me ha dicho que vuelva con las muñecas cortadas y me ha dicho que me suelte de la realidad. Me ha dicho que todo lo que me dice es cierto y nada más. Y yo le creo.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

En las calles


¿Hasta dónde has llegado viejo amigo?

De lluvias y gritos salvajes


...Al son de una canción

Hoy te encontré y sonreiste. Tenías mucha fuerza y desbordabas bríos. Con tus caderas al viento y las lágrimas brotando por todas partes. Lágrimas de furia y alegría. Sentí la energía de tus brazos sobre mi cuerpo. Sentí tu piel besando mis sentidos y sentí que la tarde que languidece no acabará, aún cuando venga la noche y nos cobije a solas…

La lluvia nos ha cubierto y nos llena de movimiento. El silbido de las hojas secas se hacen sentir y borran las penas. Y borran los pasos y borran las amarguras. Las gotas cristalinas se confunden con nuestros deseos que tienen olor a tiempo, que tienen olor a nostalgia, que tienen olor placer, que tienen olor a gritos salvajes, que tiene olor a ti.

La luna se avecina y aplaude al canto de nuestros corazones, sonrie cuando observa nuestras manos juntas. Aquí nadie más no ve. Nadie nunca sabrá de nuestros juegos de intimidad, nadie sabrá a donde nos fuimos, ni nadie sabra nunca nuestros nombres, no importa ya. Nada importa mas que estar lado a lado, desnudos, mudos, en silencio, agitados, jadeantes, calmados, inquietos. Los deseos hoy lucen sus encantos. ¡No me sueltes! ¡No lo hagas y dejame seguir dentro de ti!

Las miles de horas han pasado y no lo hemos sentido. Las tantas luces de la noche nos han tocado. El viento nos ha fundido en otras dimensiones y la madrugada del nuevo amanecer ya está sobre nosotros. Sigue haciendome el amor. Sigue bailando para mi. Sigue inocente. Sigue, sigue, sigue…

El sol pronto quemará los demonios que habitan en nuestras entrañas, pero que más da. Ya no pertenecemos a este tiempo. Súbete a mis sueños y déjate llevar. Traré conmigo cientos de cuchillos y dardos certeros. Escaparemos de las miradas a donde no exista el rencor ni el pasado. A donde nadie más vaya, donde amar en libertad signifique subir contigo hasta lo alto de la vida y descender para seguir tomados de la mano. Ven conmigo, no temas.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Formas de ver la vida.


La vida que aún no está vivida...


Hay de todo en esta vida. Hay de todo en este preciso momento que intento hilvanar letras. Hay de todo en la nada y nada en el todo, y no es que trate de sumergirme en alguna especulación filosófica. Tan solo se trata de una breve reflexión nacida en medio de las tonadas opacas de algún parque de la Gran Ciudad Gris.

Un día sales a la calle y de pronto la calle ha muerto, ha muerto el parque y la vecina del frente. De pronto ha muerto el panadero y los ladridos de la azotea. Ha muerto la esperanza y la Juana también. Ha muerto las horas que van al trabajo y las ganas de respirar un minuto más. Ha muerto la vida…

Volteas la mirada, buscas algo, no sabes que, la rabia ofusca tus ánimos –recuerdas la última pelea amorosa, el ojo morado, la piel rojiza- caminas, das tantos pasos como puedas y no dejas de pensar en lo estúpido de la rutina, en lo inerte del tiempo. Te llenas de remordimientos, resentimientos, preguntas, dudas, cavilaciones, sueños rotos y suspiros amargos y nada parece calmar tu angustia.

Casi logras escuchar los latidos de tu interior y sientes las ganas de arrancarte cada parte de ti y lanzarlo por la vereda para que algún perro los huela. ¿Hastiado verdad? Todos pasamos por eso, te han dicho.

Hasta el cielo se ha nublado y sabes que no tienes a donde ir. No hay opciones y se te estremece el cuerpo o lo poco que queda de el. Sin soluciones, sin miradas ni manos sobre el hombro, ni alientos ni minutos que pasarán… ¿A dónde ir?

El panorama es sombrío y tenebroso, aún para ti, pero recuerda que las cosas son parte de algún engranaje invisible que se entrelazan entre sí. Los días de invierno pronto darán paso a las flores del campo, aunque no lo creas, esas cosas suelen pasar. Yo sí lo creo.

Pronto verás que las sonrisas dibujadas en las personas cobran vida y se dirigen hacia ti. Verás que el sol si existe, aunque no sea redondito y de color amarillo. Verás que el mañana trae consigo nuevos cantos y nuevas formas de ver la vida. Verás que hasta las horas más lúgubres tienen fin y que no pueden perseguirte por siempre. Sabrás que tras la tormenta el campo se mantiene quieto y sosegado. Entenderás que nunca valió la pena tirar del gatillo o saltar al vacío.

¡Vamos, da la vuelta y rebobina tus pasos! Yo mismo me sigo sorprendiendo de lo que ahora vas leyendo, pero es que lo siento. Es que las penas se diluyen entre las manos y las gotas placenteras entran por la ventana para lavar tus heridas. No todo está perdido y pronto verás la salida y las cosas tendrán otro color. No sé que color sea, pero sé que será otro.

Vivencias y existencias tienen esas particularidades. Luego de llorar, podrás reír y soñar mucho y quizás mañana vuelvas a llorar con más ganas. Esa es la experiencia dialéctica de la vida. Así avanzamos hasta el infinito. Tenlo en cuenta y no bajes los brazos. Hay de todo en esta vida, solo se trata de buscarlo y saber que hacer con eso.

martes, 4 de noviembre de 2008

La lección del día


...De cuando una mañana se aprende algo más


Hoy aprendí algo más, aprendí a cerrar los ojos y no ver más, lo que ocurre conmigo. Y vine corriendo a este espacio ínfimo a impregnar mis sensaciones insensataz. Hoy aprendí que el dolor es parte de la rutina y que el consuelo no existe ni en las palabras dulces que acompañan los versos ni en las caricias sombrías que susurrabas en mi mente.

Hoy, tras largos minutos eternos, supe que mientras más corría, el horizonte se alejaba más y ahora entiendo que el sol no quiere brillar para mí, nunca quiso. Ahora entiendo que las voces en mi interior siempre fueron mis únicos amigos. Mi fortaleza menguada hoy yace agónica entre el asfalto tétrico y los pasillos de cualquier lugar.

Hoy como cada mañana, quise un aliento, quise una mirada, quise lo que cuando niño no tuve. Hoy como cada mañana, me vi en el suelo, me vi de duelo, sentí el calor de la sangre al recorrer mis entrañas y sentí a la desolación entonando cánticos fúnebres sobre mis hombros.

Hoy entendí que no hay entendimientos para mi, que no hay importancia para mi, que no hay treguas ni suspiros tenues, que no hay alas al viento ni abrazos al despertar. Cuando veo mis pasos meditabundos y furibundos creo que ver la secuencia de mi vida, cual película en blanco y negro se van gestando una y otra imagen de desconcierto, de sollozo, de lamentos incurables, de heridas envenenadas.

Hoy supe que es mejor no quejarse y resistir estoicamente ante la adversidad. Sé que cuando muera he de volver convertido en algún lobo solitario para aullarle a la oscuridad. Hoy supe que no pertenecía a este lugar –por ello el dolor y el no poder acostumbrarme- sino a uno más bello con gaitas y flautas dulces, donde la primavera juega encantada con las gotas de rocío detrás del jardín.

Hoy entendí, que no debo culpar a nadie, será mejor ser yo el único responsable por siempre, quien destroce mis días y agrie mis noches. Y cierro los ojos y no te vas y los abro y ya no estás. En medio del enjambre de miradas punzantes que se clavan sobre mis lagrimas siento mi cuerpo caer sin remedio. Hoy, que la brisa nunca vino, todos supieron quien era, todos vieron mi cuerpo deforme y mis llagas en la piel. Vieron la fealdad de mi sombra y vieron que aquel monstruo es vulnerable y débil. Hoy todos lo vieron y tú no hiciste nada.