miércoles, 29 de octubre de 2008

¡Ladra, ladra a la luna, amigo!


Al compañero que ya no está

Una de tantas tardes, en que casi con las justas me asomaba a la puerta a contemplar las miradas serias y aburridas de quienes pasaban rumbo a quien sabe donde. Fue en una de esas tardes, que lo vi tirado sobre la esquina de mi casa.

Mirada triste, muy triste en realidad, piel cayéndose a pedazos, una cola innombrable y las orejas por los suelos. Casi ni alcanzaba a distinguir de qué se trataba. Como quien no quiere la cosa, me acerqué hasta ¿eso? Y pude toparme con un hedor terrible y un despojo miserable en el suelo.

Lo miré y levantó sus ojos, como pidiendo una plegaria y clamor por su vida. Era un siberiano, un perro que tuvo la mala suerte de tener unos dueños insensibles que lo echaron a la calle a penas se infectó de sarna canina (caracha, le dicen).

Me agaché, pensando que haría con este perruno amigo. Mi madre sin duda alguna, no aceptaría un perro en la casa y menos en esas condiciones. Sin embargo, emprendí la cruzada por una causa justa. Hablé con ella para que se quedara el pobrecillo y se negó, pero permitió –luego de verlo- que se quedara en aquel lugar de la vereda y que lleváramos comida cada que podíamos.

Los días pasaron y él recibía comida a cada rato, ya se me había hecho costumbre buscar alimentos hasta debajo de mi cama, para llevárselo. A la semana pudo pararse recién –olvidé contar que con la enfermedad sus patas no le respondían- y hasta se animó a dar uno que otro ladrido y mover su cola, bueno lo que quedaba de ella.

Al cabo de tres semanas, entre mi hermana, mi mamá y yo juntamos dinero para llevarlo al veterinario. Yo lo hice, me siguió todo el camino con una sonrisa –juro que reía- rumbo a lo que significaría su total curación y por ende, tras días de negociación y caritas tristes, su ingreso a mi casa, aprobado por mi mamá. Alegría, para ambos ¿no amigo?

¡Husky, ven, hey Husky, ven! –olvidé otra vez algo, no les mencioné que le puse de nombre Husky, pues era su raza y así le quedaba bien- y él venía. Llegamos al lugar indicado y lo cogí fuerte, casi abrazándolo, no me importaban sus heridas. Al instante, él medico le puso las vacunas y pude llevarme a mi perro, mi amigo a casa.

Los días pasaron, se curó con rapidez y llegó el gran día esperado. Husky por fin podría ingresar a mi casa. Él entro con mucha timidez y recelo, si que era un perro educado. Se puso al lado de todos nosotros y dio tres ladridos –los recuerdo hasta hoy- en señal de gratitud y lealtad.

Fue adaptándose a su nueva familia y nosotros a él. Se hizo mi amigo, me mejor amigo, mi único amigo. Confidente y autentico guerrero de las batallas que ambos emprendimos y de donde salimos victoriosos.

Las mañanas soleadas llegaron y curaron aún más sus pasos. Curaron su ansias de de cariño. Yo también me curé, me sobrepuse a las melancolías tétricas cuando andaba solo y ya por fin alguien acompañaba mis pasos.

Pero así como vienen las cosas dulces, no son duraderas, pues se van con el viento arrasador. Husky se dejó llevar por sus impulsos irracionales o emocionales y volvió a las andadas, volvió a desperdigar sus ladridos bajo algún farol o bajo alguna banca de algún parque. La infección lo encontró una vez más.

Me aferré a la idea de no perderlo y luché con lo que estaba a mi alcance para detener su partida. En esos arranques de no dejarlo salir más para evitar que me dejara. Pero perdí frente a esa sarna. Una tarde sin sol, volví al lugar donde lo había dejado y lo hallé inmóvil, con las patas colgadas y la mirada al cielo buscando algún alivio. Una vez más me quedé sin un amigo, un verdadero amigo.

Una habitación que narra historias


Relato secuencial del otro lado de la barricada... mi dormitorio

Cierro la puerta y el mundo cambia. Cierro la puerta y el aire me transporta a un paraje distinto desolado de seres humanos pero lleno de personajes amorfos y con poco color pegados en la pared.

Corro la cortina de tela blanca y lanzo mi maleta sobre la mesa que sostiene perenne mis libros y cuadernos de todos los días. Al instante me lanzo sobre mi cama y cierro lo ojos para ver todo cuanto me rodea. ¡Otra vez en mi habitación, agridulce habitación!

Empezaré por decir que mi habitación no es la típica adornadita con afiches de grupos musicales del momento o con cuadros de paisajes que no conozco o con un ropero lleno de peluches o con los calcetines tirados por aquí y por allá.

Mi habitación es pequeña, pero acogedora, en la que solo entro yo y los que quieran entrar a echarle un vistazo a lo que hay dentro. Con las paredes pintadas con un tono bajo, casi melancólico. Las mismas que están decoradas indecorosamente con afiches de eventos sociales o culturales a los que asistí alguna vez, o con los rostros en tono gris de personajes que para mi y solo para significan mucho –pueden ser desde poetas, músicos, rebeldes de mil batallas o soñadores de la utopía- que con sus miradas y largas barbas, acompañan los compases de mi andar mental y de las inspiraciones en muchas noches extravagantes en las que me he sumergido.

Mi cama, -¡Ay! Si mi cama hablara, las cosas que contaría- con su plaza y media es mi fiel amiga, que tiene que soportar mis melancolías y mis dulces relatos sobre alguna niña bonita que vea durante mis caminatas en las afueras de mi espacio vital, es decir mi habitación.

Al costado de mi cama, está el velador, pequeño y marrón, con sus cajones y todo lo que lleva cualquier velador. ¿Algo que contar sobre él? Nada importante, más que es el lugar donde guardo por emergencia algunas cartas amorosas o cigarrillos a medio fumar.

Más a la izquierda, está un espacio muy importante, mi pequeña biblioteca. Es el recinto donde habitan mil lugares y mil personajes que componen mis pensamientos. Tantas ideas y tantas cosas que quieren salir de esos libros, que no sé cuantos serán. En realidad no me he puesto a contar la cantidad de libros que me conseguido. Libros comprados, prestado y nunca devueltos, encontrados en cualquier lugar, y hasta robados, pero todos míos, listos a contar mil cosas a quien quiera leerlas.

¿El techo? Como cualquier techo, sin más ni más, con algunas manchitas que mejor no las cito.

Tengo una gran ventana hacia la calle, a la que casi nunca me asomo, pues prefiero echarme en la cama a leer algún periódico, algún libro o lo que sea.

Sinceramente el lugar que más me agrada de mi habitación es mi cama, la que me acompaña en mil batallas y sabe consolarme cuando he tenido un día largo y penoso. Mi cama es el lugar preciso para soñar y para cantar, para dormir despierto y reír a carcajadas pensando en el amor y el placer de vivir en este pedacito de mi casa, esa es mi cama y me gusta pasar mucho rato allí. ¿Vienes?

¿Semblanza personal?

Perfil insípido de un cantor sin tiempo

Alguna vez, por el internet, en una de esas tantas conversaciones on line que solía tener, una persona equis, en una circunstancia equis, dijo que yo era alguien “poco común y nada corriente”, en respuesta a mi propia apreciación al considerarme alguien “común y corriente”.

Esta frase quedó en algún recoveco de mi mente y resonó por días y días. ¿Sería cierto, aquello que de ser poco común? ¿Alguien como yo, con melancolías y miedos como el resto, merecería un calificativo así? ¿Debo sentirme elogiado o burlado? No lo sé, el caso es que a partir de aquel día, hice miles de recuentos sobre mi pasado. Miles de segundos sobre mi cama, en meditación profunda sobre quien era y a donde iba, sin duda Sartre estaba tomando posesión de mis dudas existenciales.

En fin, todo esto me llevó a hacerme un diagnostico breve pero minucioso. ¿Quién es Franz? –me pregunté- y la respuesta fue poco alentadora, en comparación a lo que querían que fuera.

El calendario marcaba un cinco de abril –durante el primer gobierno aprista- cuando un llanto desacompasado rompía la angustia de la sala donde nací. Allí comenzaba mi historia.

De pequeño conocí muchos rostros y voces. Figuras enormes dentro de sotanas o hábitos que inspiraban temor. Figuras tenues o consejos duraderos, fueron llenando mis día a día.

Estuve atrapado once años dentro de (j)aulas de concreto, decorados agriamente con símbolos patrios o corazones de Jesús. Con mapas del Perú y demás, referente a algún curso.

Casi siempre andaba en problemas, pero que no se me tome como un pilluelo, presto a hacer fechorías, sino como un niño soñando con algo más, fuera del alcance de los límites de lo cotidiano.

Fui entrando a las sendas de las letras y los versos. Mi gusto y placer por la lectura fue creciendo casi sin darme cuenta de ello. Los concursos de creación literaria, narrativa, poesía y declamación que alguna vez gané, puedan dar fe de ello.

A pesar de andar inmerso en las rimas y los sonetos mal hechos y de parecer un soñador sin tiempo y sin color, no huía a “las cosas de hombres”, el futbol, los tragos, las niñas lindas y hasta las broncas, fueron parte de mi vida.

Confieso que he vivido muchos trozos de vidas que quizás no sean las mías. Confieso que he deseado correr más rápido de los que mi propio cuerpo podía resistir y de hecho lo hice. Confieso que me empinaba para resaltar en la vida y que siempre quise aprender más de un tema, para así poder entablar charlas nocturnas con alguno de los bohemios amigos que aún conservo.

Confieso, así mismo, que rompí con tantas cadenas que laceraban mi piel, por el solo hecho de mostrar irreverencia a lo establecido, a los dioses del Olimpo del dogma. ¡Ah Prometeo, si que te entendía!

Al tiempo que iba creciendo, mis dudas también lo hacían. Mis miedos y mis ganas de conocerlo todo avanzaban a pasos agigantados, la curiosidad por develar el misterio que se escondía tras las cortinas, me turbaban la mente. Sin embargo, pude sobrevivir y sonreír. Gracias a mi madre, sin duda.

Tras largos tiempo de soledad y naufragios por costas del silencio, puede llegar a tierra firme, con nuevos bríos y aires de esperanza. Comprendí lo que es el amor y la libertad. La paciencia hacia la angustia, la calma en el tormento y preferí el beso antes que el puño y la rosa antes que la bala o el libro antes que la televisión.

En tanto, mis viejos amigos, la calle, algunos cigarrillos, el rock and roll y el punk rock, los versos de Boudelaire o Vallejo, el jirón Quilca y los dardos certeros de González Prada y el pisco o el vino, siguieron siendo mis aliados a toda costa.

Pero en estos nuevos bríos, me empapé de Bakunin y de Verne, de historia y de justicia. Me llené de miradas de dolor y voces de clamor. Me llené de rabia ante la indiferencia y la apatía, frente a lo parco de la vida desde la ventana.

Decidí por ello, estudiar periodismo, con la clara misión de enfilar mi pluma y lo que sea, en pro de alguna causa no perdida y de alguna batalla por las utopías posibles. Aceleré con esto, mis conocimientos sobre las técnicas de información y descubrí el mundo tras la pantalla, el camino antes de la foto y el sueño antes de la letra impresa.

Pude conseguir un trabajo en un diario local, sin acabar mi carrera y siento que es una tribuna desde la cual poder enrolarme en la brecha de la verdad y la información. Con la premura de hacer un trabajo agradable a la vista del lector y tejiendo poco a poco los nudos que componen esta carrera, que sin temor a equivocarme, es la más temeraria de todas.

Ahora, aquí me tienen, tratando de terminar estas partes de mi vida, con la firme convicción de que cuando venga algo nuevo para mí, lo enfrentaré con los puños cerrados –de ser el caso- con la mirada clavada en el horizonte y con los labios listos para cantar los cantares del nuevo mañana que ya se aproxima.

El retorno a la lejanía

De cuando volví los pasos hasta el punto de partida

La lluvia se ha prolongado desde anoche, golpeando el techo sin cesar. Cada gota cae lentamente por la ventana. Cada gota inunda mis recuerdos y nubla el camino de retorno a casa.

Creo que ya está por amanecer y aún no hay signos de estar cerca. Siento que puedo verme como en un espejo, mientras escribo estas líneas, recostado en el ultimo asiento del bus, y observando las idas y venidas de tantos caminos que recorremos antes de llegar.

Fue exactamente hace siete años que dejé el aroma hogareño de las seis de la tarde, el placer de un beso en la frente al despertar, la confianza de un plato caliente al volver a casa tras una larga jornada y los cuidados en las noches de fiebres salvajes.

No sé ni como, pero cogí aquella mochila vieja que tanto me gustaba, en la que solo entraba un poco de ropa, llené un par de libros y junté todas las monedas que encontré o que se escondían de mí.

Decidí abrir la ventana de mi habitación y alzar la vista hasta mucho más allá de la selva de concreto. Decidí surcar nuevos mares y retar al destino tratando de encontrar algún talismán sagrado, algún cáliz medieval, alguna espada luminosa que me guie hasta las respuestas de los porqués de toda mi vida.

Es obvio que en casa nadie estuvo de acuerdo con mis ansias de aventura. ¿Qué vas hacer cuándo tengas hambre?, ¿acaso tienes suficiente dinero?, ¿si tú no sabes ni cocinar?, ¡aún eres un bebé! –fueron las primeras sentencias que escuché de mi madre-, pero ni eso me detuvo. La cogí de los hombres, un beso en la frente, luego una larga explicación y a echarme a andar.

Lo hice y no tuve miedo. Me fui de casa tras mi propia casa, tras mi propia vida, sabiendo que podía morir en el intento, pero aún me reconfortaba saber que si fallara, habría valido la pena correr por cuenta propia.

Lo primero que hice fue contar mis monedas, curiosamente solo tenía pocas de color blanco y muchas amarillas. ¿Qué haría con eso? Luego respiré profundamente, conté hasta diez para calmar mis nervios de la soledad y subí a uno y otro bus, a uno y otro camión, a uno y otro auto. Muchas veces no pagaba nada y otras me las ingeniaba para cubrir esos gastos.

Fue así, entre viajes, entre comidas baratas, entre dormitar en parques, en cocheras, en hostales, en sofás, en los brazos de alguien y bajo alguna gotera, que la vida fue dándome lecciones.

Conocí desde el infortunio hasta la opulencia, desde la desdicha hasta las carcajadas más estruendosas, desde los llantos más lastimeros hasta los abrazos más sinceros. Desde las culpas hasta los indultos, desde los puñales tras la espalda, hasta los pasos más sinceros.

Esas lecciones curtieron mi alma y mi piel, me enseñaron a caminar con cuidado sin pisar las hojas que nacen entre las grietas del cemento. Aprendí a mirar en todos lados y a todos, como iguales. Aprendí a buscar lo imposible y tallar recuerdos en los corazones más cercanos.

Comprendí el valor de la valentía y el arrojo, comprendí que en medio de las lágrimas puede brotar una sonrisa y comprendí lo que era extrañar, a quien más se quería. Creo que por fin había descubierto quien era yo.

Con todo eso dentro de mi mochila, que seguía siendo la misma, emprendí el retorno a casa, esta vez, era otro el que tocaría la puerta. Aún así, algunos miedos y preguntas asaltaban mi tranquilidad. Ni siquiera sabía si los encontraría allí mismo, pues nunca tuve más comunicación con ellos, con mis padres.

Al fin, el bus se ha detenido y anuncia que este es el último paradero. Al instante tomo mis cosas y bajo enseguida a tierra firme tras un largo viaje. Camino y camino, una y otra cuadra, hasta llegar a donde sabía que me esperarían.

Cuando volteaba la esquina, próxima a mi hogar, todo me parecía raro y un aire a tristeza me invadió. No hallé más mi casa, era solo un montón de concreto tapado con cartones o más ladrillos que cubrían las ventanas.

EN VENTA, rezaba un letrero viejo en la puerta y confundido aún, pregunté a una señora que pasaba, por los dueños de aquella casa. “Hace seis años que fallecieron, joven. Primero fue la señora y luego su esposo y como nadie reclamó por la casita, creo que la municipalidad la está vendiendo”. El frio y las preguntas volvieron a mi.

Oda a la desesperanza


Oda a la desesperanza o mil cuchillos en mi voz

Melodías lejanas, golpes crudos. Golpes sin piedad de la esperanza concebida entre los avatares del destino. Gritos desgarrados y galopantes, espadas incrustadas en lo más profundo de la mirada. Sonidos muy alucinantes, tiros en la sien, jóvenes ocultos en la oscuridad de sus propios miedos. Nadie corre, el sonido lejano los ha envuelto, el sonido ajeno los ha acribillado.

Charcos de sangre pusilánime, conjeturas siniestras, chillidos de espanto y la impaciencia de terminar todo, de romper todo, de gritar, gritar, gritar, gritar, gritar… Quiero gritar con voz desgarrada, no quiero más complejos y quiero soñar y mutilarme los deseos indeseables y perniciosos.

Sin experiencia en los experimentos de mi propia existencia que hoy han sido vencidos por los segundos de la ansiedad que atraviesa mi garganta adolorida y sin sabor. Vientos del norte al ritmo relampagueante de las ráfagas de lenguas voraces, asesinen mis ilusiones. ¡Asesínenlas y tírenlas a las fauces de los lobos hambrientos que asechan en los umbrales de mis nostalgias!

Nada, nada, nada, nada, nada, nada, nada y mil veces la misma rutina escalofriante e hipócrita. Lagrimas de sal, lagrimas de vinagre que laceran mis sentidos. Tus manos heladas ya no consuelan mis pasos. Ahora todo ha quedado atrás, ni los minutos imposibles ni las miradas ocultas podrán decirme a donde debo ir.

Encerrado y azotado una y otra vez, humillado antes y durante el castigo divino que se me ha impuesto. Odio y repugnancia se destila en mi interior, miedo al vacío, entiendo que la frustración se esparce triunfante por mis órganos cercenados, no hay más que decir.

Pendiendo de una cuerda, la sombra que proyecto ya no me asusta, hilos de sangre por mis brazos, navajas afiladas en mi estómago y ruido melancólico que atiborra los rincones de mis entrañas. Incoherencias heredadas de algún verso robado, estrofas perdidas y plegarias paganas acompañan mi andar fúnebre en los suspiros finales.

Este es un canto épico de lo absurdo. El vejamen ha sido perpetrado. El gatillo se ha soltado y hay alguien tendido sobre el suelo con olor a asfalto y podredumbre. Cientos de espasmos invaden los comentarios de quienes ahora se fijan en mí. ¡Mierda! Muy tarde, muy tarde han volteado la mirada que se clava en el suelo a la altura de la herida que supura borbotones rojizos. Mi cuerpo pronto entrará en descomposición inevitable y me reuniré con los rastreros seres que habitan entre nosotros. Ahora grito muy fuerte y nadie me oye, nunca nadie lo hizo.

Cuando la noche acaba...


Crónica de un lugar al que no volveré más


Creo que aún tenía 15 años cuando pasó. Era una de las tantas noches de perdición y sano desenfreno, que iba tras una botella barata en el centro de Lima. Iba tras las hordas de seres amorfos que poblaban las callejuelas fétidas, entre grafitis y bolsas de basura en el suelo, entre cigarros a la mitad y mil historias oídas y contadas entre los despojos que íbamos caminando por cualquier lugar.

Fue entonces cuando la conocí, una noche fría y sin estrellas –nada de romanticismos superfluos- y la vista casi nublada por el sueño y los efectos del alcohol.

Sutil, delegada, tiernamente agresiva, con sus palabras soeces y su sonrisa desbordante. A todas luces mucho mayor que yo y por ende con muchas más cosas en la mente…y no solo en la mente.
Se acopló al grupo de sobrevivientes a esa hora y compartió nuestras humildes ofrendas. ¿Como llegó hasta nosotros?, no lo sé y creo que ya no importa.

Cuando ya había terminado todo (trago, dinero y opciones para “afanar a la única chica del grupo”) decidimos entre todos, que ya era hora de retornar a casa, antes que el sol quemara nuestros endemoniados cuerpos.

Pero ella, dejó a todos atrás y me cogió del brazo, para decirme que nos fuéramos juntos en la combi de las cuatro de la madrugada.

Accedí y fuimos en la parte trasera del carro. Allí, ella me explicó porqué decidió despedirse de todos y quedarse conmigo. Por primera vez en mi vida, una chica mayor me decía tantas cosas, entre dulces que en verdad endulzan y otras, propias de una mujer que sabe a donde va y que quiere; y ella si que quería conmigo.

Llegamos a su departamento, media hora después y subimos a su habitación. Pequeña, a media luz y con Radio Head en el fondo musical. Con una cama tersa y sin ser arreglada hace ya varios días.

Prende un cigarro –me dijo, y lo hice-, para luego abrazarme y besarme con tantas fuerzas que ya perdía el conocimiento, pero me gustaba. Al instante se desnudó frente a mí y se puso un largo camisón blanco. Que extraño –pensé- , luego me pidió que se lo quitara y sonreí sonrojado.

Recuerdo que sus paredes eran blancas como su nombre, recuerdo que tenía tantas revistas y discos tirados por el suelo, recuerdo que no sabía que hacer ni que decir. ¿Tendría que decirle que era mi primera vez? ¿Y si ella se da cuenta y se burla de mí? ¡Carajo, soy un hombre y los hombres hacen lo que tienen que hacer, sin miedos! –pensaba y pensaba, mientras ella fumaba algo que no sé que era-, que difícil y que alucinante.

Siento mucha vergüenza cuando recuerdo que rompí un vaso de su velador, por moverme mucho, pues no sabía que movimientos hacer. Claro que ella no se molestó.

Recuerdo también, la vieja alfombra que se extendía debajo de la cama y recuerdo las tres frazadas que cubrían su cuerpo desnudo y el mío.

Recuerdo el techo vacío y mudo que observé luego de recorrer sus entradas y salidas, sus desvíos y sus curvas, sus lugares peligrosos y sus lados amables, sus altas y bajas, sus sonidos leves y fuertes, sus gritos desorbitantes y sus labios, por supuesto.

Cuando el reloj dio las siete de la mañana, cogí mis cosas y me despedí de ella con un beso, que para mi fue sincero. Prometí volver por mi dama en cuanto pueda y se lo dije. Le dije que esperara, que yo la quería y que sería ella quien acompañe mi vida en adelante. Ella solo sonreía y mojaba mis labios sedientos.

Fui a casa extasiado, con ganas de más de ella y más de todo. No importó lo que se avecinaba al llegar y ver el rostro furioso de mamá y papá.

Recuerdo que esa misma tarde, tras una larga mañana de pensar en su habitación que al compás de Creed o Karma Police, iban sucediéndose imagen tras imagen,en mi aturdida mente, fui a buscarla. Llegué a donde sabía que estaría, fui a su casa y espere horas de horas, volví a los dos días y a la semana y un mes tras otros, esperaba al frente de su puerta. Nunca más la vi, no sé porque. Luego de un año nos cruzamos. Hola Franz –me dijo y nada más- y yo quedé en silencio, hasta hoy.

...Lúgubre lugar de blanco


Cuando vi a una persona morir

Doy vueltas, mil vueltas al compás del tic-tac del reloj de pared que no se cansa de seguir adelante. Transcurren los minutos y ya han pasado varios días. Hace más de media hora que han pasado muchos días y la angustia sigue en mi garganta.

Aquí conmigo hay muchas personas a las que no volteo a mirar mas que de reojo, pues temo ver sus expresiones cuando vean la mía. Aquí conmigo hay cientos de murmullos y algunos llantos que a media voz anuncian lo inevitable. Aquí, afuera en el pasillo de este lúgubre lugar de blanco, con aromas extraños que me producen escalofríos, estoy con tanta soledad, con tanta sed de sed y con tanta desesperación de no saber que sucede contigo.

Allí dentro, estas tú. Estas tú y nadie más. Aún no me perdono haberte dejado sola en aquella camilla, sola frente al tipo ese de blanco que con mirada negativa se posaba sobre ti. A puertas cerradas te tiene, lejos de nosotros, lejos de mi, sin saber que sucederá cuando salga ha darnos la noticia.

Cuando por fin se abre aquella puerta y sale el mismo tipo de blanco, veo que se dirige hacia doña María, tu madre, a quien le coge el hombro y agacha la mirada. Ella rompe en llanto y se desploma. Todo esto para mi sucede en cámara lenta, como en las películas que irónicamente acostumbrábamos a ver. Yo solo atino a voltear la mirada a la habitación y correr hacia ti. El tramo que recorrí fue eterno, pero llegué hasta donde te hallabas.

El sudor casi empañaba mi mente y mis ojos, pero aún así tomo tus gélidas manos y observo tu pálido rostro. Acerco mis labios a tu frente y me sonríes como siempre. Tu rostro pálido denota mucho cansancio pequeña, pero sé que todo pasará. Sabes que al final todo saldrá bien.

Pero apresúrate en despertar, que afuera ya se impacientan. Abre esos ojitos dormilona. ¡Vamos! Niña, ya deja de soñar que al salir de aquí nos esperan tantas cosas por recorrer y por caminar tomados de la mano, con en los poemas que solía escribirte, ¿recuerdas?

Yo no sé porque afuera hay mucho llanto. Dicen que te fuiste, pero que tontos ¿verdad?, si estas aquí conmigo, yo te tengo entre mis brazos y para que nadie nos moleste he cerrado la puerta con el seguro, pues ya verá ellos que saldrás de aquí con una gran sonrisa y nos echaremos a reír de lo bello que es la vida. No tardes linda, el tiempo pasa y ya estuve buen rato esperando. ¿Y si te doy el beso mágico que te di la primera vez cuando rompí el hielo de tu timidez? A lo mejor esta vez también funciona. Pero debes responderme. Tienes que hacerlo, deja de dormir, ya despierta.

No hagas caso de lo que dicen afuera, tú estas más que linda que nunca, solo debes quitarte esta extraña ropa y ponerte la que siempre te ha gustado. Hoy te traje las flores que más te gustan y prometo comprarte la muñeca de los rizos dorados y la faldita a cuadritos que vimos hace unos días en el escaparate de aquella avenida. Pero todo esto lo haremos si tú tomas un poco de aire y te pones de pie.

Mis manos tiemblan y mi falta la respiración, no sé lo que me sucede, pero sé que tú no me has dejado, no me has dejado, no me has dejado. No lo harías, teníamos tantos sueños. Tú estás aquí y yo te sacaré. ¿Oyes los golpes a la puerta? Han de ser tus padres, pero eso no importa, yo me quedaré aquí contigo hasta que despiertes y saldremos juntos, como siempre, como siempre y para siempre.